GrITO
DAR DE COMER A LOS LOBOS Y A LOS JABALÍES

Grité desde el puente, como si media hora antes no hubiera estado espiando a mi marido en el armario, agarrada fuertemente a un remo.
El armario estaba frío, oscuro. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Con el remo en la mano me sentía fuerte. Si se acercaba y descubría mi escondite tendría una posibilidad, aunque el juego habría acabado. Al menos para mí. Era mucho más fuerte que yo. Más alto, más ancho. No iba a poder contra él.
Nunca me di cuenta. Los primeros golpes eran en broma. Que si una torta por aquí, un puñetazo por allá. Pero todo entre risas, os lo juro. Después vi el primer moratón, y lo escondí bajo el maquillaje como quien no quiere la cosa. Los gritos cada vez se hacían más fuertes y yo pase de medir 1,63 a 1,60. No sabia que hacer, solo estábamos jugando, ¿no? ¿Cuándo se había convertido esto en un peligro? Me hice tan pequeña que me sentía desaparecer y él, cada día era más grande. Cómo si absorbiera mi materia. Cómo se me quitará la piel.
La primera paliza no la recuerdo como la más suave, pero tampoco como la más dura. Fueron un par de heridas nada más. Pero en ese momento por primera vez en mi vida, había sentido cómo se me rompió el corazón, y creedme que ese dolor supera al de cualquier herida. Porque ahora, llegó el momento de decisión. (Odio la toma de decisiones). Había dos opciones: abandonar e huir, o quedarme y aguantar. Y nadie aguanta esto por nada, nada que no sea el amor.
Y así pasaban los días, y de repente, un ramo de rosas, una tarde en el spa, un amor perfecto… Hasta que llegó de nuevo mi pesadilla y comencé a quedarme en el armario.
Desde fuera, es un mueble precioso. Unas puertas de madera color caoba se rendían ante mí. Me miraban dando cobijo. Cómo susurrandome que entre esas puertas había algo mejor que Narnia.
La primera vez que lo abrí me sentí un poco decepcionada. Solamente artilugios de pesca y un par de remos. Ningún fondo secreto, ningún escondite mágico. Nada. Sin embargo, una noche lluviosa y fría volví a acercarme a aquel armario y observe que entre tanto aparato, allí había un hueco para mi. Ahora que había menguado y estaba en los huesos, eso era para mi cuerpo un gran templo.
Y sin darme cuenta me obsesione con él. Todos los días al menos durante unos escasos cinco minutos me metía allí y rezaba. Sin miedo a nada. Estábamos en la oscuridad, el olor a madera vieja e iglesia y yo. Nada más. Encontré mi refugio. Así que tras otra discusión de la cual salí muy mal parada, decidí meterme en el armario en vez de en la cama con mi marido y pasé allí toda la noche. Tranquila. En paz. Alejándome de unas manos que me tocaban pero no me querían y de unas lágrimas que caían pero eran de cocodrilo.
Y allí me encontraba de nuevo. En aquel armario. Sujeta a aquel remo y rezando por que no me encontrara. Pero no fue así. Abrió las puertas y entre las rendijas pude ver a mi marido abriéndose paso lentamente. Su mirada de ojos azules penetraba en la mía de ojos marrones. podía ver su sonrisa, a punto de estallar en carcajadas. Él disfrutaba con esto. Seguía siendo cómo un juego.
Sin pensarlo dos veces agarré el remo con fuerza y abrí las puertas. Le propinó un golpe en la cabeza que lo tumbó en el suelo y sin poder parar le dio otro y otro golpe. Estaba en un bucle de acciones y lo único que quería era encargarme de que ese hombre, al que en otra vida había amado, no se levantara del suelo. No paré hasta que ví la sangre fluir desde su cabeza hasta las puertas del armario. Aparté el remo manchado y pensé en mi madre: “Eres muy valiente” me solía decir de pequeña. Y por una única vez en la vida la creí.
Cogí el cuerpo pesado cómo pude y lo llevé hasta el coche. Había pasado media vida siendo maltratada y no pensaba pasarme la otra media en la cárcel por culpa del amor. Había asesinado a mi marido. Debía deshacerme de él. Por lo tanto, llegué al pueblo de mi infancia en Cantabria, situado en uno de los montes más altos de la cordillera y les dí de comer a los lobos y a los jabalíes.