GrITO
El partido acaba mal
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Fotografía: Galería de imágenes de Google BYN
Fuego. Llamaradas y contenedores impidiendo la circulación del tráfico. Mascarillas olvidadas, una afición que amenaza con destruir el sueño de un verdadero partido. Una afición que se ha olvidado de lo que es disfrutar del deporte.
El partido de la final de la Copa del Rey, celebrada en Sevilla y disputada por los dos equipos vascos Athletic club de Bilbao y la Real Sociedad acabó con una victoria por parte de los guipuzcoanos de 0-1. La gabarra deberá asentarse un año más y los verdaderos leones deberán olvidarse de ver al barco navegar por la ría. Fue un partido emocionante. Algunos consideran que estuvo bien jugado, otros que fue desastroso. Algunos consideran que fue real y otros que estuvo manipulado. Sin embargo, hay una verdad inamovible y es que el partido desencadenó una terrible masa de violencia.
La manifestación del 8M no debía celebrarse. Las manifestaciones a favor del rapero Hásel tampoco, y mucho menos manifestaciones que lucharán por los derechos cívicos. Sin embargo, una muchedumbre apelotonada en calles estrechas es algo bastante normal, siempre que el motivo sea: el fútbol.
Se juntaron cientos de personas en las calles de pozas, recordada en sus viejos tiempos por las risas y el choque de los vasos con alcohol. Sin embargo, este fin de semana el recuerdo que perdurará en la memoria de los Bilbaínos será el de la interrupción en medio de la pandemia. Cómo si las camisetas de los diferentes equipos convirtieran a sus poseedores inmunes ante la Covid, se paseaba la afición sin mascarillas y en grandes grupos por las calles de Bilbao.
Sin embargo, eso no es lo que marcará el recuerdo de los vecinos y es que, se pudo ver a un adolescente saltando al suelo desde un semáforo. La calle se llenó de fuego. Contenedores calcinados. Basura desperdigada. Bares con miedo de abrir. Vecinos asomados en los balcones, denunciando lo que veían con sus ojos. Todos demonizando aquella salvajada, salvo los integrantes de la misma, que lo disfrutaban con orgullo mientras lanzaban sillas, mesas y demás objetos que por característica propia, no debían volar.