GrITO
UN CIGARRO Y UN CAFÉ
La mujer se encontraba frente al fregadero. Con una mano sujetaba el cigarrillo y con la otra una taza de café. Pensaba en todo. Lo fácil que sería estamparse la ceniza caliente contra la piel, dejar que el café ardiendo se escurriera entre sus manos cayendo al suelo… Todo eran pensamientos intrusivos para ella.
Puede que finalmente la nicotina estuviera haciendo su efecto, ya que notaba cómo su presión arterial disminuye y su ritmo cardiaco bajaba poco a poco hasta cuestionarse si realmente estaba viva. Gritos desde la puerta de su casa. Sus hijos acababan de bajar del autobús escolar y llegan a casa armando un caos. Cómo siempre. Dejó de lado sus pensamientos intrusivos,a la vez que tiraba el cigarrillo por la ventana y dejaba que el café cayera por el fregadero. Su momento había acabado. Apartaba su individualidad y se centraba ahora en su rol de madre. Preparar la comida, conseguir que sus hijos se sentaran a la mesa, preguntarles que tal el día… Siempre lo mismo, siempre igual.
Mientras, su marido disfrutaba del sofá y la televisión y pasaba desapercibido. Ni un saludo, ni un abrazo, ni un beso… para él sus hijos y su mujer no existían. Mientras, la madre, imaginaba un mundo lleno de palmeras, un sol radiante, una arena fina y un mar infinito. Solo necesitaba eso. Dejar de ser para volver a su rol unos días más tarde.
Pero ella no era cómo su marido. Amaba a sus hijos, y les quería tanto que era incapaz de quererse a sí misma. Y seguía pensando en su reino dorado y arenoso, mientras daba de comer a su hija menor y escuchaba lo que el mayor tenía que contarle. Mientras, su marido seguía en el salón. Inamovible en su gran sofá. ¿Qué pensaría él? ¿Pensaria tambien en tomarse unas vacaciones y levantarse de aquel puto sofa? ¿Pensaría en irse con ella y no con su amante? Ir de la mano pensando en los problemas pasados, esos recuerdos un tanto peculiares y nostálgicos… Pero en el fondo ella lo sabía… su marido no pensaba en su mujer. Simplemente no pensaba en nada. La televisión le tenía embrujado. Así era su vida, día tras día. Esperar. Esperar a sus hijos, esperar a que su marido se levantase para hablar con ella y le dijese que se iba de casa a disfrutar de las vacaciones con la vecina del tercero. Esperar a que se consumiera el cigarrillo y se enfriara el café. Toda su vida consistía en eso, en esperar, esperar y esperar. El siguiente asalto. El siguiente cotilleo. El siguiente conflicto. La siguiente sorpresa.
A su hija menor le estaban saliendo los dientes y no quería comer. A su hijo mayor no le gustaba la coliflor y no quería comer. Su marido no deseaba verla y por ello, tampoco quería acercarse a la cocina a comer. Y ella… Ella solo deseaba haber tenido cinco minutos más para acabar su cigarro y su café. Pero no, ella era una madre y una mujer responsable y no debía darse tiempo para ella. Todo su tiempo debía ser regalado y dedicado a los demás.
¿Puede que por eso estuviera tan triste? ¿Porque no tenía tiempo ni para llorar? Ni ahogar sus penas, ni sentarse en el sofá junto a su marido, ni acariciar a su perro que lo miraba con amor. No tenía tiempo para nada. Los únicos cinco minutos del día los quería para disfrutar de su cigarro y su café. Esto se había normalizado. Incluso su psicólogo estaba de acuerdo: “Una mujer deprimida debe mantenerse ocupada” y así lo hizo. Siempre ocupada y a la espera.
Puede que tuviera que dejar de pagar a aquel psicólogo y a aquella psiquiatra que no entendían las encrucijadas de su corazón. Puede que tuviera que dejar de hacer caso a todo el mundo. A su madre, que le decía que los hijos eran lo primero. A su marido le decía que durmiera cuando ella buscaba algo más. A sus hijos que simplemente (en su pequeño mundo) no discernir entre una mujer depresiva y una sana.
Puede que tuviera que pensar más en ella a partir de ahora. Y que todas las esperas siguieran esperando mientras ella miraba por la ventana y fumaba su único cigarro diario, mientras sus hijos subían de forma estrepitosa las escaleras hasta su casa. Puede que tuviera que abandonarlo todo para empezar a sentir algo más que tristeza, y tuviera que ponerle los cuernos a su marido mientras miraba las fotografías de recién casados. Puede que tuviera que hacer todo eso para volver a ser ella misma. Una mujer alegre cómo solía ser: cantante, bailarina, fiestera… una loba al fin y al cabo.
Y es que siempre se había sentido relacionada con ese animal: los lobos. En todos los sentidos. En manada o en solitario, machos o hembras, peludos, misteriosos y responsables. Tal y cómo era: peluda, misteriosa y ante todo responsable..
El teléfono comenzó a sonar. Dudo en si cogerlo por un momento pero el sonido molestaría a su marido y distraería a sus hijos de la comida. Por lo tanto, respondió. Su madre, que siempre había sido madre antes que mujer, la saludaba desde la calle. De repente, un último pensamiento intrusivo: tirarse por la ventana.